En las NOTAS DE ACTUALIDAD 173 y 176 hemos dejado constancia de nuestra protesta contra la tasa judicial establecida por Ley 10/2012. Con posterioridad a ello, hemos tenido conocimiento de la publicación, por Civitas-Thomson Reuters, de la trascendental obra de Jeremy Bentham “Una protesta Contra las Tasas Judiciales”. Es de tanta actualidad la obra de Bentham, que podemos afirmar que su protesta alcanza también a la tasa que, dos siglos después de ese formidable alegato, nos vemos obligados a soportar los españoles. Debido a ello, encontramos plenamente justificado apartarnos, por esta vez, de la idea que inspira estas NOTAS DE ACTUALIDAD, a fin de coadyuvar a la difusión de la obra de referencia, lo que hacemos transcribiendo, seguidamente y sin más, el resumen que de la misma ha elaborado la propia editorial.

José Ignacio Rubio de Urquía

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Autor: Jeremy Bentham (1748-1832)

Título: Una Protesta Contra las Tasas Judiciales

Título original: A Protest Against Law Taxes

Idioma: español (primera edición en lengua no inglesa)

Introducción y Edición anotada a cargo de Andrés de la Oliva Santos (Catedrático de Derecho Procesal, Universidad Complutense)

Traducción de Guadalupe Rubio de Urquía

Contenido: Introducción (p. 11-49), Una Protesta Contra las Tasas Judiciales (p. 53-145), Anexo: Una relación de obras de Jeremy Bentham (1748-1832) publicadas en vida del autor (p. 147-164), reproducción del retrato grabado de Jeremy Bentham y de la portada del ejemplar original

Formato 21 x 14, 50 cms., 168 páginas, cubierta ilustrada con grabado, encuadernación en rústica con solapas, golpe de cortesía y cosido a hilo

Fecha de publicación: marzo de 2013

Edita & Distribuye: Civitas-Thomson Reuters

PVP: 19 €

La aparición de la edición anotada de Una Protesta Contra las Tasas Judiciales de Jeremy Bentham (Londres, 1748-1832) a cargo de Andrés de la Oliva Santos (Catedrático de Derecho Procesal, Universidad Complutense) constituye un hito en la historiografía socio-jurídica en español, no sólo porque es la primera vez que se publica en una lengua distinta de la inglesa, sino porque la edición misma obedece principalmente a que éste texto ya clásico, y ahora rescatado, escrito hace doscientos veinte años, trata en profundidad y con espíritu crítico de Protesta un tema de máxima y sin duda controvertida actualidad: las tasas judiciales.

El interés que reviste tal Protesta ha merecido una extensa y documentada Introducción del profesor De la Oliva Santos a la figura y obra de Bentham, que sitúa la escritura de este sorprendente texto, hoy casi olvidado o desconocido, así como la oportunidad de su publicación a la luz de la Ley de Tasas Judiciales del 20 del pasado mes de noviembre y de las modificaciones a dicha Ley introducidas por el reciente Real Decreto-Ley del 22 de febrero. A este propósito resultan iluminadoras para el público en general las notas que De la Oliva Santos aporta a su valoración introductoria de las tasas judiciales. Tanto como lo es y más su otro medio centenar de notas críticas (N. del E.) desgranadas al hilo del texto de la Protesta e intercaladas con las del propio autor (*) y las de la traductora (N. de la T.). Lo mismo cabe decir del Anexo: Una relación de obras de Jeremy Bentham publicadas en vida del autor, que cierra esta cuidada edición ofreciendo con detalle bibliográfico una visión cabal de la gran actividad publicista desarrollada por el autor de Una Protesta Contra las Tasas Judiciales.

La figura del filósofo, jurista y reformista británico Jeremy Bentham es conocida principalmente por su contribución fundacional al utilitarismo moderno y por su innovadora aportación en el campo de las ciencias jurídicas, tan influyente en la construcción del constitucionalismo contemporáneo.

Como afirma de la Oliva Santos en su perfil biográfico del jurista británico:

“Bentham es, ante todo y siempre, un hombre de Derecho” (p.15); y por serlo en el más amplio y profundo sentido, dedica su vida al que es su ideal: la Justicia, la Justicia plena y real que exige sin denuedo “para todos…y accesible a todos” (p.11). La cardinalidad de ése ideal preside la vasta y diversa actividad publicista de Bentham, edificada desde la aspiración a “una organización social mejor y una vida humana más decente” (p. 19) y la “preocupación por la desigualdad injusta y, muy en concreto, por la suerte de la mayoría de la población…, en definitiva por la mayoría de los <pobres>” (p.29), como expone De la Oliva Santos, instructoras de la escritura y publicación de Una Protesta Contra las Tasas Judiciales.

El historial de esta obra es el de la denuncia y batalla personales de Jeremy Bentham contra la introducción sucesiva de impuestos abusivos para recaudar ingresos, precisamente en momentos de crisis económica, y en particular contra la iniquidad de las tasas judiciales por la “peculiar malignidad que entrañan… como coste añadido al de acudir a la Justicia”, según explicita el autor con el subtítulo de la obra.

Como se informa en nota al comienzo de la Protesta (p. 53-59), Bentham escribe A Protest Against Law Taxes en 1793 con motivo de la introducción de dichas tasas judiciales, imprimiéndola entonces como folleto y a su costa para distribuirla en círculos influyentes. En 1795 la edita por primera vez para “protestar” ya públicamente contra la amenaza de nuevos impuestos, que incluían incrementos de las tasas judiciales, y su repercusión en una población agostada por la depresión económica y empobrecida por la carestía de los alimentos. Por último, en 1816 publica una segunda y definitiva edición (reimpresa en 1818) ampliada con unas comprometidas “Notas”, para denunciar una vez más la iniquidad de las tasas judiciales con ocasión del encarnizado debate desatado en el Parlamento, y en todo el Reino, a cuenta de la pretensión del Gobierno de mantener impuestos extraordinarios para reducir la deuda nacional y la carga de los intereses.

Al igual que sucediera con las ediciones impresas y publicadas en su día por el propio Bentham, la publicación de ésta edición se produce a resultas del anuncio del Proyecto de Ley de Tasas Judiciales, aprobado en sede parlamentaria el 20 de noviembre del pasado año 2012, según relata el profesor De la Oliva Santos al principio de la Introducción (p.11) para explicar cómo llega a su conocimiento ésta obra de Bentham y cómo le impresiona su lectura al punto de adquirir un ejemplar de la edición definitiva 1816 y encargar la traducción con vistas a una edición anotada:

“Tan pronto como hube leído cierto número de páginas… no tuve la más mínima duda… del enorme interés que presentaban su traducción y edición, porque acerca de unas tasas judiciales de importante cuantía, todo estaba ya advertido y valorado desde 1793” (p.13).

Si bien el propósito central de la Protesta era denunciar unas tasas obstructivas de facto del acceso a la Justicia, lo cierto es que el discurso de Bentham se apoya en un afinado análisis de las tasas judiciales a la luz de principios y praxis del derecho que, por fuerza, tenía que atraer la atención de un jurista de tan largo magisterio en los foros académicos y mediáticos como el profesor De la Oliva Santos, cuyo prestigio en el campo del Derecho Procesal dentro y fuera de nuestras fronteras huelga reseñar aquí.

Una atención que él mismo reconoce hace sitio al “asombro y admiración” (p.31) ante la serie de ejemplos de situaciones concretas en relación con las tasas judiciales en los que Bentham encarna su Protesta, ya que, como comprobará a su vez de inmediato cualquier lector, son ejemplos que parecen estar tomados de nuestra inmediata realidad:

“Ocurre, más de dos siglos después –escribe De la Oliva Santos- que… las condiciones de la Gran Bretaña del siglo XVIII en cuanto al coste de la Justicia no difieren sustancialmente de las actuales en España…, entrados más allá de una década en el siglo XXI. Y los argumentos de Bentham, fundados en el sentido común y en valores todavía hoy inatacables, no sólo no han perdido fuerza, sino que acaso la perspectiva del tiempo transcurrido los muestra provistos de mayor intensidad y solidez” (p.31).

De todo ello que Una Protesta Contra las Tasas Judiciales escrita por Bentham en 1793 sea en opinión de De la Oliva Santos “una genuina obra clásica, es decir, una referencia indispensable en el espacio y en el tiempo acerca de la pretensión o del hecho consumado de gravar con una considerable tasa a quienes litigan, a quienes acuden a los tribunales de Justicia. Porque Bentham… ha reflexionado sobre las tasas judiciales en general siempre que sean relevantes para el acceso a la Justicia,… [proporcionando] además criterios e ideas de utilidad duradera” (p.31).

Siendo ésas razones importantes para la edición de la obra en lengua española, lo es más por su determinante oportunidad la del extraordinario paralelismo entre los argumentos formulados a favor de las tasas judiciales que analiza Bentham y los argumentos presentados con la reciente Ley de Tasas Judiciales.

Acerca del argumento principal cual es el de la litigiosidad, al que Bentham dedica no pocas páginas de su Protesta, el profesor De la Oliva Santos hace observar desde la Introducción la notable diferencia del alcance de las tasas judiciales en la sociedad británica de entonces y en la española de hoy:

“Hay que señalar, además, que la relevancia de la distinción entre personas físicas y personas jurídicas es hoy incomparablemente mayor que al final del siglo XVIII. El recurso a la Justicia por las entidades financieras, las grandes compañías mercantiles , las aseguradoras, etc, es constante y ordinario, por así decirlo, mientras que las personas físicas o las pequeñas sociedades se plantean recurrir a la Justicia de modo excepcional y en condiciones habituales de morosidad o apuro vital, condiciones que, en buena medida, se deben a una aportación al sostenimiento de ese mismo Estado que ahora aumenta sus cargas individuales con las tasas judiciales” (p.37).

Finalmente, y en referencia a la aprobación de la Ley de Tasas Judiciales en una España sumida en una profunda crisis económica y con millones de personas sin trabajo ni perspectivas de encontrarlo, tampoco evita De la Oliva Santos manifestar unos sentimientos que, en cierto modo, expresan su personal “protesta” contra las tasas judiciales mediante esta edición de la Protesta benthamiana:

”Ha tenido que ser aquí, donde, en este duro tiempo, se implantasen, para acceder a la tutela judicial, unos precios muy altos y uniformes – este trato igual a grades usuarios de la Justicia que a los ocasionales, a los acomodados que a las personas con recursos modestos o escasos, es uno de los ingredientes más claros de la iniquidad de las nuevas tasas-, precios que han provocado innumerables denegaciones de justicia a personas físicas y pequeñas empresas, sociedades de responsabilidad limitada casi siempre.

“Este hecho execrable no deja lugar a dudas de la singularísima oportunidad de la presente edición en español de la Protesta.

“Es una hecho que me avergüenza doblemente y me causa un dolor como apenas ninguna otra adversidad de mi patria me había causado. Me avergüenza que en España se haya hecho posible algo tan inicuo y tan desprovisto de sensibilidad hacia las personas corrientes. Y me avergüenza que se haya atentado tan salvajemente contra una de las mejores tradiciones españolas, preservada durante siglos hasta el mismo dies nefas de la vigencia de esa Ley: una Justicia accesible a todos y no obstruida por costes impeditivos que la reservan a los pudientes desprotegiendo a la inmensa mayoría de los españoles.

“La aprobación del Real Decreto-Ley 3/2013, de 22 de febrero, no modifica estos personales sentimientos, sino que los intensifica, al ver plenamente confirmada la frivolidad y la arbitrariedad extremas (no sólo en las cuantías del gravamen sino en éste mismo) con que la citada Ley fue aprobada a uña de caballo apenas tres meses antes” (p. 39, 40).

La claridad del profesor De la Oliva Santos evidencia una preocupación por lo que significa justicia que, si bien no siempre se hallan en quienes por propia voluntad más obligados están a protegerla, es la misma preocupación que animan la escritura toda de Una Protesta Contra las Tasas Judiciales, de principio a fin.

Nada más abrir el libro, a continuación del retrato de Jeremy Bentham de la colección Iconografía Britana de la Biblioteca Nacional que se reproduce en esta edición por primera vez, figuran dos párrafos extractados de la Protesta (p.69-70) que nos sitúan de inmediato en el tenor del vigoroso y comprometido discurso del jurista británico:

“Justicia es la seguridad que la ley nos procura, o profesa procurarnos, para todo aquello que valoramos o debemos valorar, como es la propiedad, la libertad, el honor y la vida. Justicia es esa posesión que vale lo que todas las demás juntas, ya que las incluye a todas. Una denegación de justicia es la quintaesencia misma del daño, la suma y la sustancia de toda suerte de daños; no es robo solamente, ni esclavitud solamente, ni injuria solamente, ni homicidio solamente: es robo, esclavitud, injuria y homicidio todo en uno.

“El gobernante que contribuye a que la justicia sea inaccesible, el recaudador que irrumpe en el hogar esgrimiendo una tasa judicial, es un encubridor de todo crimen: todo villano puede saludarle como a un hermano y todo malhechor puede enorgullecerse de él como de un cómplice. Si aplicáramos esto a las intenciones incurriríamos en calumnia y exageración. Pero se trata de una incontrovertible y desnuda verdad si, dejando a salvo la conciencia criminal y los motivos y suponiendo que no son criminales ni dolosos, nos limitáramos a los efectos y consecuencias de estas tasas” (p. VII).

Raramente cabe encontrar en tan pocas páginas como las que ocupa la Protesta un alegato tan potente de lo que la gente corriente entiende por justicia, y a la vez tan sereno contra la perversión de tal justicia con la aprobación de leyes que, como la de las tasas judiciales, son en opinión del autor constitutivas de denegación de esa justicia.

Una opinión bien meditada y fundada que Bentham expone siguiendo “una estructura lógica impecable (e implacable…)”, como señala De la Oliva Santos (p.30), quien a lo largo de medio centenar de notas al texto de la Protesta entabla un clarificador diálogo con su “colega” británico, de enorme interés no sólo en cuanto se refiere a su recepción del pensamiento socio-jurídico benthamiano a la luz del derecho y la tradición jurídica española, sino, y particularmente para el lector español de hoy, en todo lo que ese pensamiento y esa recepción se refieren o pueden referirse a la Ley de Tasas Judiciales de noviembre de 2012 y al Real Decreto-Ley del pasado mes de febrero.

Bentham entra directamente en su exposición desde una percepción transparente de la iniquidad intrínseca que comporta la tasa judicial:

“la propiedad característica de la tasa judicial es que es una tasa sobre la aflicción” (p.62); esto es, una tasa que, citando por la nota del profesor De la Oliva, Santos:

“recae de ordinario, en efecto, sobre quien, por decirlo en lenguaje muy llano, lo está pasando mal, física o materialmente, o moral o psíquicamente, o de ambos modos” (p.63).

A partir de ese aserto, el autor de la Protesta recorre con innegable solidez analítica todos los supuestos imaginables de tasas cuyas propiedades y efectos compara con las tasas judiciales, sirviéndose para su propósito expositivo de ejemplos que iluminan con mucha pedagogía las sutilezas -a menudo irónicas- de su prieto discurso interior, a la par que descubren una sensibilidad contenida –por esa misma ironía-hacia los “pobres” y las desigualdades injustas, y proyectan situaciones humanas de la sociedad de su tiempo evocadoras de los relatos dickensianos. Así, al comparar las consecuencias de las tasas judiciales con la pena de proscripción como “pérdida de la protección de la ley”, Bentham escribe:

“Pues ese mismo destino, el de quedar fuera de la protección de la ley, es el que aguarda a una persona en diferentes momentos de la vida, según sus posibilidades materiales: si es declarada culpable, esa pérdida le acompañará después de ser condenada por una causa particular, pero sin que ello conlleve la exclusión de la esperanza del indulto; pero si esa persona es inocente, y pobre, y además ha sido agraviada, la pérdida de la protección de la ley lo acompañará antes de ser condenada, y sin haber condena, y sin ningún motivo en absoluto, mientras siga siendo pobre: esto es, mientras viva” (p. 71-72), y poco después añade:

“Adviértase bien que, de entre todas las clases de personas, es la de los pobres, y tanto más cuanto mayor es su pobreza, la que es despojada así de la protección de la ley: la protección de la ley, esa joya inestimable que el lenguaje de esa misma ley define como el mejor derecho universal, por nacimiento, de todo ciudadano. Pues es a los pobres y a quienes carecen de toda ayuda a los que se les niega de manera tan insensible el auxilio de la ley” (p.73).

La crudeza de estos pasajes, y en realidad de la que aviva sin desmesura la Protesta toda, carece de demagogia retórica, ni es mera figuración literaria, y tampoco procede de una, en cualquier caso, legítima indignación, sino del lúcido realismo con que Bentham considera los hechos y situaciones de su particular historicidad, que bien podrían tomarse por los de la nuestra propia.

Después de exponer su “opinión” de las tasas judiciales y sus nefastas consecuencias, Bentham se ocupa de los argumentos y circunstancias que acompañan su imposición y aceptación. Como ha advertido el profesor De la Oliva Santos en la Introducción, la similitud con lo sucedido con la Ley de Tasas Judiciales y la finura analítica de la Protesta es asombrosa.

Acerca del argumento según el cual el coste de una institución debe recaer en quienes disfrutan de ella, Bentham protesta argumentando a su vez que:

“Aunque tal argumento fuera acertado-“espejismo”, lo llama-, no podría llevarse al punto de obtener con la tasa judicial mucha más recaudación de la que se necesita para soportar el coste de esta parte de la administración pública” (p.86), contra argumento que apostilla De la Oliva Santos con una extensa nota sobre el particular y la Ley de Tasas Judiciales y su modificador Decreto-Ley (p.86-88), y que el mismo Bentham sentencia implacablemente:

“Arrojar sobre el litigante el coste de la administración de justicia, en añadidura al trastorno y al riesgo de pleitear para conseguirla, es como si, en la coyuntura de una invasión, se obligara a quienes habitan en las zonas fronterizas, no sólo a servir militarmente a cambio de nada, sino además a costear de su bolsillo todos los gastos ocasionados por la guerra” (p.90).

En las páginas dedicadas al otro argumento esgrimido entonces, y ahora en España, según el cual las tasas judiciales son un freno a la litigiosidad, el autor de la Protesta exhibe un juicio admirable al exponer por menudo que lejos de frenarla la promueven, identificando además otros efectos de las tasas para la litigiosidad como el “claro y muy importante efecto general perverso de las tasas que impiden el proceso, a saber: estimular la mora de los deudores” destacado en nota por De la Oliva Santos (p.96). En esta misma línea, Bentham sale al paso de la aducida –también ahora en España- litigiosidad “frívola” o “trivial” con un argumento tan clásico como irrebatible:

“Desconozco qué es eso de una demanda frívola o trivial. Ningún daño que yo conozca puede ser un daño trivial cuando a quien se le ha inferido le parece un daño serio, de una seriedad tan grave como para merecerle la pena reclamar una reparación de la mano de la Justicia” (p.99), para desarrollar a continuación un contra-argumento sobre la valoración subjetiva del daño que, una vez más, es expresivo de su sensibilidad y finura intelectual:

“Lo que para una persona es trivial, para otra puede ser de la mayor importancia. También debe tomarse esto en consideración a propósito del daño, y no sólo del daño individual en sí mismo, sino de sus efectos en tanto que alicientes para repetirlo y de sus efectos como ejemplo. No conozco ningún daño tan leve que al ser multiplicado no pueda resultar intolerable” (p.100).

Sensibilidad cargada de ese sentido de la justicia para todos que incardina su Protesta Contra las Tasas Judiciales, y le mueve a denunciar lo que suponen en definitiva para la gente corriente con pasajes tan explícitos como el siguiente:

“Aquel legislador que con la pretensión de frenar la litigiosidad, o cualquier otra pretensión, exige de un trabajador como condición previa al acceso a la justicia lo que ese trabajador no puede pagar, le está negando ser oído: en una palabra, le está negando justicia y de la manera más efectiva y completa en que es posible negársela” (p.103).

Y, ahondando en ése efecto de las tasas judiciales como denegación de justicia y no como freno a la litigiosidad, Bentham ofrece comparaciones de toda evidencia entre la situación de la gente rica o acomodada y la de la gente pobre o con escasos recursos ante el acceso a la justicia:

“Una persona rica, una persona que dispone de tiempo y dinero a voluntad, es con seguridad, de entre todas, la persona que malgasta litigiosa y caprichosamente su tiempo y su dinero. No ha de sorprender, sin embargo, que desde una perspectiva superficial parezca que la gente pobre es más litigiosa que la rica. Hay más gente pobre que rica y, a los ojos de la opulencia irreflexiva, las causas de los pobres son siempre causas triviales.

“Tendemos a pensar en la gente pobre con actitud caritativa, pues la práctica de la caridad gratifica no sólo la benevolencia, sino también la vanidad. Los obres nos importan mucho desde la perspectiva de la caridad, pero poco desde la perspectiva de la justicia. La justicia, sin embargo, tiene preferencia sobre la caridad, y la gente pobre necesitaría menos caridad si tuviera más justicia” (p.108-109).

Llegado a ese punto de la Protesta el autor se pregunta, y pregunta al lector, “Una tasa de tan escasa sensibilidad política y tan dolorosa, una tasa que se ha demostrado que es la peor de todas, ¿cómo es posible que se haya optado jamás por ella y que cuando se ha hecho haya sido consentida?” (p.121).

Pregunta que el mismo autor contesta con una respuesta de sagaz realismo:

“Pero la gran causa, la más importante de todas las que favorecen la tasa judicial es la perspectiva de que será consentida por quienes la padecerán; una perspectiva que primero es presentada como esperanza y después resulta confirmada una y otra vez por la experiencia” (p.124), cuyo paralelismo con nuestro propio consentimiento al incremento constante y arbitrario de impuestos impresiona tanto como el que presenta el pasaje que le sigue:

“Las tasas al consumo recaen en colectivos de personas, el menos representativo de los cuales, si se le toca, hará clamar de nuevo a todo el país. Los individuos oprimidos y arruinados a causa de las tasas sobre la justicia gimen escondidos en agujeros y por las esquinas, como mueren las ratas, pues ninguno encuentra otra voz que se una a la suya” (p. 124-125).

No es menos impresionante el realismo de Bentham al definir el desamparo del justiciable modesto, de la gente pobre o corriente, abocado a recurrir a la Justicia:

“Los individuos que aspiran a la justicia no tienen una causa en común y rara vez un nombre en común: son todo el mundo y no son nadie y, al ser su problema el de todo el mundo, no es el de nadie” (p.127), y compararlo con el poder que ese desamparo otorga al justiciable pudiente, a la gente rica o acomodada por virtud precisamente de las tasas judiciales impuestas con su consentimiento:

“El poder para mantener postrados a los que deben ser mantenidos postrados, el poder para hacer el mal y para vanagloriarse sin recato de no hacer todo el daño que ese poder permite hacer” (p. 131).

Poca duda cabe, pues, acerca de la importancia y oportunidad de este rescatado Bentham, quien hace más de doscientos años concluía su Protesta Contra las Tasas Judiciales invocando un razonamiento dolorosamente infrecuente hoy:

“El gobernante al que no le importa el daño que causa y que lo causa sin conturbarse, puede imponer cuantas tasas judiciales desee; aquél para quien abstenerse de causar daño es un asunto de conciencia, se abstendrá de incrementarlas; y aquél cuya ambición sea extirpar el daño, las derogará” (p.135). Frases “que componen un texto en verdad y merecidamente lapidario… y constituyen un juicio ético y político” como resalta y suscribe en nota el profesor De la Oliva Santos (p.135), y que Jeremy Bentham sella definitivamente en su edición de Una Protesta Contra las Tasas Judiciales de 1816 con un párrafo de extraordinaria significación y apabullante actualidad, al que el mismo profesor De la Oliva Santos dedica una reveladora nota (p.140-141):

“Nunca mereció ni un solo pensamiento que la opresión sea más o menos gravosa. ¿Será alguna vez sometida a reflexión esa diferencia? Ésta es la única cuestión. La Caridad ha sido arrojada a puntapiés a la calle. La Esperanza ha huido. Permanecen la Fe y la Piedad, y expían por todo” (p.140).

En suma, se trata de una obra de interés sobresaliente, cuya excelente traducción al español merece sin duda los elogios que le tributa el profesor De la oliva Santos, y publicada con un aparato biblio-historiográfico que realza esta bella edición española de A Protest Against Law Taxes.

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